Trabajadores en el campo y en la ciudad

el sueño de lograr un engranaje colaborativo

Marcela Barco Ventas

Cada día los medios de producción mecánica y actualmente digital, se han hecho más comunes e indispensables. El peligro de que la actividad humana sea reemplazada por las máquinas es algo real. No obstante, la fuerza de trabajo humana reside en su capacidad creadora, ya sea de su mano, de su cabeza o de su corazón.

 

Al observar el escenario de una ciudad y las mil posibilidades que ofrece, se abre la perspectiva sobre las múltiples opciones en las que una persona puede desempeñarse como trabajador para recibir un sustento: artistas, gestores, empresarios, ingenieros, educadores, obreros; también aquellos quienes perciben su sustento de la economía no formal, y estas posibilidades derivan, en muchos de los casos del nivel de educación recibido que, en el campo, es mucho más limitado que en la ciudad. Esta primera idea se ofrece dando un indicio de los fenómenos sociales, psicológicos, políticos, económicos, que hay detrás de cada uno de estos dos contextos: ciudad y campo.

 

Es también interesante pensar cómo la fuente primaria de todos los recursos: la naturaleza, se comporta de manera pasiva o activa en cada uno de esos dos contextos. Para el caso del agricultor o productor que trabaja en el campo, la naturaleza tiene un papel protagónico, estando el trabajador del campo a merced de los tiempos y desarrollo del producto que la naturaleza tome para entregarlo. No así para el trabajador de la ciudad, que incluso domina los recursos forzando la producción a su límite máximo a través de las máquinas que también pueden programar tiempos, según las necesidades por la demanda del producto. En este punto retomamos la idea de la fragilidad de la fuerza de trabajo humano comparada con la de las máquinas, si lo que se privilegia es la cantidad de producción, un día el esfuerzo del trabajo humano no será suficiente para suplir estas exigencias. Por eso es que debería privilegiarse la capacidad creadora -no productiva- del trabajo humano. También, realizar el trabajo con gusto, con felicidad, con satisfacción.

 


¿Qué hace que el trabajo del campo no haya desaparecido en todas las generaciones de la humanidad? Podría pensarse en muchos factores: es más orgánico, no está ceñido a una rutina fija diariamente, cada una de las veces, es menos repetitivo que muchos trabajos de la ciudad, que exigen horarios rigurosos, labores monótonas y si se habla de un obrero, manejo mecánico de las máquinas. Dichas prácticas no armonizan del todo bien con el ser vivo que somos. Bien es cierto que existen trabajos creativos como el de un artista, por ejemplo, sin embargo, incluso para muchos de ellos es difícil evadir rutinas como la del desplazamiento en la ciudad. El trabajo en el campo es eternamente igual, en ciertas cosas esenciales, como en el buen trato a la tierra, que idealmente debería preservarse, porque al cuidar se siguen teniendo los recursos necesarios para la subsistencia, esto hace que la labor responsable en el campo sea necesaria para todos. El conocimiento del agricultor o productor del campo no es de academia, es de generaciones, es de palabra, práctica y observación, en muchos casos es un conocimiento heredado, variado e integrador. 


 

Saliendo de la visión romántica debemos agregar que: “hay una gran población de productores campesinos que afrontan situaciones de pobreza y marginamiento, como resultado del desamparo Estatal, expresado en el bajo acceso a mercados, escasa asistencia técnica, altos costos de transacción y acceso reducido a salud y educación.” (tomado del texto para Entramado – Importancia de la economía campesina en los contextos contemporáneos por Luz Elena Santacoloma). Esta realidad, nos hace pensar sobre la urgencia de crear puentes entre la ciudad y el campo para fortalecer el desarrollo de la economía de un país; los sectores a cargo de labores económicas o comerciales en la ciudad, deben propender por abrir espacios para el producto obtenido del campo, de la misma nación; si se promueve la importación de productos que pueden obtenerse en el suelo nacional, se está dejando de incentivar la producción local. Se rompe la cadena.

 

Prácticas sencillas pero oportunas en las formas de consumo, que pueden venir de todos los que tienen un sustento suficiente derivado de cualquiera que sea su trabajo, ayudan a reconstruir ese tejido y a crear ese engranaje entre campo y ciudad, hablamos de preferir el consumo local, por ejemplo, o de consumir menos tal vez, pero de mejor calidad lo cual suple sin duda el número de productos y por lo tanto la desmesurada producción industrial se equilibra, no se excede innecesariamente. Invitamos a la reflexión sobre estos puntos, desde lo que cada uno vive en su caso personal, seguramente como trabajador o trabajadora que cada uno también somos.